sábado, 29 de octubre de 2022

INSOLENCIA

 ¡Cuán gritan esos malditos!
¡Pero mal rayo me parta
si, en concluyendo la carta,
no pagan caros sus gritos!

 

José Zorrilla
Don Juan Tenorio

 


 

 

Amenaza el gobierno una vez más, en estas fechas próximas al Día de los Difuntos, con volver a las andadas. No conformándose con utilizar las vías habituales de amedrentamiento, ha ideado otro artificio para atemorizar a la población de forma masiva. ¡España, cuna de pícaros y de hidalgos, de espadachines y héroes que emprendían temerarias hazañas… reducida a esto!

¿Alguien es capaz de figurar un trance más terrible de pánico colectivo que el de todos los teléfonos móviles sonando al unísono? ¿Puede imaginarse el terror causado por un mismo ruido, molesto y ubícuo, multiplicado un millón de veces? [1] ¿Sería aventurado adelantar que la hipotética amenaza resultará menos terrible que el propio aviso que pretende prevenirla? Algunos creerán que exagero y es verdad que en circunstancias distintas a las actuales, contando con un gobierno que ejerciese como  valedor de la población y que gozara de su confianza, sería de agradecer cualquier iniciativa honesta  en protección de la colectividad frente a desastres pero este no es el caso.

He escuchado a individuos que, erigidos en portavoces públicos, se han felicitado por el proyecto y en otra coyuntura nada haría sospechar que los canales de aviso de emergencia, habituales en varios países, pudieran ser empleados para crear un mal en lugar de evitarlo, pero después de haber contemplado el deplorable espectáculo organizado durante los últimos tres años por los delincuentes habituales huelga decir que este propósito  queda como una ocurrencia harto sospechosa y cualquier recelo no resulta en absoluto infundado.

Si los nazis llenaban las calles de altavoces para que la propaganda de los líderes no pudiera ser eludida por nadie, si durante las situaciones bélicas las sirenas que alertaban de ataques aéreos desencadenaban el pánico y eran causa de pesadillas recurrentes, ahora, con los antecedentes de la incesante violencia ejercida contra la población no es desatinado pensar que el carácter de este arma ofrezca serias dudas y pueda constituir un riesgo en sí misma en manos de los desalmados. Su eventual ilusión de impunidad les hace creerse perpetuamente invulnerables.

No dudo que en países donde los ciudadanos no hayan tenido sobrados motivos para desconfiar de sus representantes, los canales de alarma cumplan su tarea. En regiones donde las catástrofes naturales —las auténticas, no las inventadas— son habituales los sistemas de alarma han salvado miles de vidas, durante huracanes, tornados o fugas altamente tóxicas. En España, ante el temor de que este medio sea mal utilizado, la sospecha se hace muy presente y la amenaza puede ser instrumentalizada en manos de unas autoridades inciviles, de las que no es decabellado pensar que sean proclives a emplear la herramienta alegremente, como  juguete para infundir el miedo o declarar alertas irreales. Si tenemos presente que una crisis sanitaria muy limitada en el tiempo les ha servido de pretexto para actualizar el sistema social en modo totalitario, la principal catástrofe de la que deberíamos protegernos es la de los gobiernos y la de sus esbirros paniaguados y sayones.
A estas alturas del golpe iatrogénico global sólo un mentecato podrá ignorar que, en vista de las reiteradas infamias de manipulación colectiva, los desaprensivos manejarán el flujo de datos con los mismos fines de intoxicación que ya han venido empleando hasta ahora, un peligro muy real que coexiste con el riesgo de que se fomente una indeferencia masiva si un gran número de personas, por la frivolidad en su uso, se desmarca pensando, como en el cuento del pastor y el lobo, que el peligro del que se advierte es inexistente. Estos métodos de aviso no deberían ser usados  más que en contadas ocasiones y por personas que hayan dado probadas muestras de ser juiciosas.

Cuidado, Sánchez: no sería extraño que esta idea hubiese venido de Europa o tal vez haya salido de tu cacumen, pero por favor no soliviantes más a la población que no está el horno para bollos. Quien juega con fuego termina quemándose. No comiences a manipular este peligroso artefacto, no sea que te estalle en las manos. Guarda los avisos para cuando se ciernan auténticas calamidades y reconoce que una buena parte de la población ve en tí la auténtica calamidad que padecemos y exclama, como en las pegatinas posteriores de los autos de los 70: ¡No me toques el pito que me irrito!



Addenda



[1] Los seguidores ajenos al curso de las noticias en España,     quizá ignoren que el gobierno ha decidido poner en marcha un sistema de avisos de emergencia precisamente ahora y hará sonar sin remisión todos los móviles al mismo tiempo a modo de prueba. Ya ha sucedido en algunas regiones mientras que por el incordio que pueda evitar para mí, en la Cañada Real Leonesa Oriental, el diez de noviembre mantendré apagado el móvil y fuera de toda cobertura.