«Creo que solo estamos retrasando lo que será inevitable que suceda. Inevitable es que tengamos que enfrentar nuestra mayor búsqueda en esta vida, que es la de elevar nuestra conciencia y nuestra vibración y conocernos a nosotros mismos, y ser la mejor versión posible de nosotros, y yo resueno totalmente con esto. Siento que este es el punto central, el de cómo puedes estar realmente en esa vibración, cómo puedes vivir la vida que te permitirá ser abuntante en todas estas cosas maravillosas».
Novak Djokovic
Cuando alguna figura de pretendida autoridad se dirige a mí, y utiliza el vocativo «¡caballero!», automáticamente —como el perro de Paulov— responde todo mi organismo a cierto reflejo condicionado de huir o afrontar el peligro, y sé con certeza que la plática que me espera sugerirá una restricción de mis derechos, mi libertad y mi salud. Da igual que sea la cajera de un supermercado, un vigilante o un agente de policía y, aunque no me dijeran más que «caballero» sería suficiente. La asociación de ideas ya se ha fijado y con esa interrupción intempestiva entiendo que se me va a ordenar dejar de triscar por el prado y volver al redil. Obedecer es bueno, reflexionar es malo ¿no? ¡Tururú!
Mientras que en pleno confinamiento paseábamos por el barrio y por el campo con más frecuencia que nunca, los supuestos «buenos ciudadanos» permanecían encerrados a cal y canto. Todas a una, las televisiones de las farmacéuticas les habían asegurado que eso era lo correcto. Salían solo a comprar víveres o tabaco (o a trabajar, claro). Personalmente expresé y practiqué mi disenso. Aislarse de los afines o de la naturaleza es lo último que ha de hacerse en una crisis política de este tipo. Hacen falta el sol y el aire, que aportan vida, y necesitamos a nuestros conocidos y amigos, que dan ánimos al tiempo que refuerzan nuestra resistencia comunitaria ante los medios de las grandes multinacionales.
Recuerdo pasear con plena libertad y observar en las ventanas los espeluznantes rótulos con nubecitas y arcoiris pintados por los niños: «Yo me quedo en casa». Según algunos análisis los decesos directamente vinculados a los arrestos domiciliarios, sin estar relacionados con más virus que el del miedo, superaron en cinco veces a los fallecimientos catalogados como COVID. Suicidios, alcoholismo, drogadicción y malos tratos, u otras situaciones que ya son difícilmente asumibles mientras existe una escapatoria, se tornaron un infierno en la tierra en un contexto de reclusión forzada. Meses después felicité a mis alumnos ya que, ni durante el sitio de Numancia, ni en los avatares de las guerras que España ha padecido a lo largo de los siglos, los adolescentes se habían visto obligados a soportar a sus progenitores por tiempo tan prolongado y sin un respiro, ni sus padres a ellos, en una convivencia de ratonera.
Es fácil para un político, desde su mansión con porche y piscina, ordenar que «sus súbditos» se recluyan pero la experiencia es muy distinta para matrimonios con hijos en diminutos pisos de barriadas obreras o para personas solas en cubículos por los que jamás penetra un rayo de sol.
La docilidad de la ciudadanía ante tan colosal atentado me resultó pasmosa. Miedo a la policía, a las multas, a una enfermedad catódicamente retransmitida, sumisión absoluta, rendición incondicional; ni una resistencia, ningún valladar, colaboracionismo y exaltación de la cobardía. Todos los gobiernos de España que he conocido se han dedicado con ahínco a depauperar el nivel cultural de la población y la consecuencia es palpable. Pocos conocen sus derechos y el sentido de vivir en libertad. Quedó patente que quien no ha ejercido su soberanía individual a diario padece una hipertrofia limitante e incurable. Los cautivos condicionados besaron la bota de sus captores.
No se puede ser tan pasivo ni delegar permanentemente en otros la solución de problemas que nos atañen directamente. Cada cual debe hacerlo por sí mismo porque esperar que los demás nos saquen las castañas del fuego es una estrategia que arroja siempre pésimos resultados.
No se trata de contemplar inerme las nuevas tropelías con que los infames nos castigan sino de reaccionar como ciudadanos responsables y cabales, y no dejar impune ni una sola agresión, venga de donde venga. Que los sindicatos se han rendido... juntémonos en nuevas hermandades para defender nuestros derechos. Que los partidos han escarnecido la razón y la justicia... cambiemos el sistema de raíz. Con una masa crítica es perfectamente posible. En eso se basa el avance de la sociedad, no en confiar en etiquetas progresistas o liberales vacías. Cuando los pucherazos electorales se han consolidado internacionalmente y el uso del Big Data cuestiona los fundamentos de las democracias liberales, unas elecciones autonómicas o nacionales no son sino una mera coartada para que los políticos que han violado la Ley sigan impunes y continúen disfrutando de sus privilegios como casta aforada, a cuyos desmanes el sistema actual es incapaz de poner coto.
No estamos hablando de hipótesis ni de intenciones a muy largo plazo. La crisis moral posée características históricas y las instituciones han naufragado miserablemente.
A mi parecer, el tiempo de las manifestaciones y las pancartas se ha excedido. No me hallarán cantando canciones de Joan Baez con balido bovino mientras los malhechores atentan contra la salud y la vida de todos. Se conoce perfectamente en qué bando está cada cual y ante las dimensiones de la catástrofe el pueblo ha de ser inflexible. Hay muchos indicios de una retirada estratégica de las fuerzas globalistas. Pretenderán reagruparse y volver a las andadas como si nada hubiera ocurrido pero esto no va a suceder.
No es mejor ciudadano quien exhibe su docilidad en detrimento de sus derechos ni quien publica su pánico hacia la vida, su terror a la Libertad. Pese a que el Tribunal Constitucional determinó que los dos primeros estados de alarma fueron un disparate y todos los dictados coercitivos, cierre de negocios, mascarillas en interiores y exteriores, toques de queda y arrestos domiciliarios nulos de pleno derecho, el 24 de diciembre del 21, Sánchez decidió, aconsejado por la hez golpista, reincidente en su quebrantamiento de la Ley, con toda su chulería y sin estado de alarma ni gaitas cometer de modo artero una vez mas un frontal ataque a la democracia y a los derechos y libertades consagrados en el título primero, imponiendo el uso criminal, pernicioso y a menudo fatal de mascarillas en todo ámbito y circunstancia.
Los que cumplimos a rajatabla con la Constitución y las normas del Estado de Derecho ejerciendo al máximo nuestros derechos y libertades civiles cuando el gobierno y las taifas se las saltaban en los ilegales estados de alarma, también lo hemos hecho ahora, ante esta nueva provocación. No vamos a permitir que granujas de medio pelo, sin conciencia ni reparos morales, crean que todo el monte es orégano y que pueden hacer de su capa un sayo. La correlación de prebendados del Constitucional ha sido modificada ya para intentar que nadie ponga de nuevo límite a sus arbitrariedades, lo que no ha de impedir que, frente a la iniquidad y a la depravación de los políticos, algunos continuemos alzándonos, y téngase en cuenta que la proporción de fuerzas está cambiando con gran rapidez, conforme los que han sido engañados y envenenados van despabilando.
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N B
Quiero agradecer las numerosas muestras de cariño y apoyo recibidas. Vienen de amigos que aprecio mucho por lo que adquieren un especial significado para mí y me sirven de estímulo. David, que resiste como una roca en un mar de indignidad; Dioni, que une a la comprensión y a la templanza su mala leche en sus jocosas historietas; Jorge, escultor profesional de enorme talla, destacado alumni, amable y cercano; Juanjo, cordial y entrañable; Juan, un artista de los pies a la cabeza, cálido y sensible; Manuel, único apoyo en la taifa de Castilla Septentrional; Marino, alumni y genio manchego; Michelángelo, cuya compañía ciclista se me hizo muy corta, con nuestra visión optimista hubiéramos desmantelado la ñoñez de cualquier centro de trabajo; Raúl, cuya valoración positiva me ha dado fuerzas; Trini, mi amor, y Víctor, inspirado dramaturgo de quien admiro su indeleble sonrisa, os mando un abrazo. Lo importante es la actitud y plantar cara a las situaciones con ánimo, gallardía y cachondeo. Los globalistas no tienen media hostia y lo estamos demostrando.
Alguien tiene que decir lo que muchos pensamos y abandonar el discurso derrotista, por desgracia demasiado frecuente, y aquí seguiré, aupado por el afecto y la solidaridad de quien me quiera oír.







